Las luces intermitentes empezaron a poblar las ciudades convirtiéndolas en grandes oasis luminosos. Los centros comerciales se visten de rojo y verde, las vitrinas exhiben lo mejor de la temporada. Los autos van y vienen inundando las avenidas de bulliciosa tonadas traídas de confines lejanos. Cada quien quiere algo, cada quien lucha por obtener un obsequio en el mercado de la falsa felicidad. Durante todo el año se ha dispuesto la máquina del consumo y ahora el planeta entero está dispuesto a mayor mercado Persa que ningún ser humano pudo imaginar. En cualquier rincón del mundo se encuentran dispuestos a su trueque baratijas de Taiwán, mecanizados aparatos japoneses, jarrones chinos, muñecas gringas que recuerdan claramente que la belleza es otro producto más, telas orientales, esquelas, gorros rojos de un tipo gordo símbolo de una navidad que nunca ha sido suya, cientos, millones, billones de cosas para comprar, para poder demostrarle a ese otro, al ser amado, que es importante, que se le recuerda, que se le ama. Creo que un gran abrazo bastaría para ello, pero el mundo moderno predica que eso no es suficiente. En las mejores cadenas de almacenes la gente se agolpa y hasta se arremete por adquirir el último utensilio de moda, ese que la televisión anuncia cada media hora, ese que los niños, los jóvenes, las madres, los padres y hasta las mascotas ahora consideran necesarios para vivir.
Esto sucede como una gran avalancha , como si durante un mes la horda humana fuera puesta en libertad para pretender alcanzar esa felicidad esquiva, esa sensación que se olvidó durante el resto del años en los apretujados puestos del transporte público, en las oficinas robotizadas de los edificios inteligentes, en las calles por donde todos transitan y nadie se conoce. La sensación de ser feliz es peor que la infelicidad misma, luego todo pasa y como si saliéramos de un trance opiáceo, todo vuelve a la anormalidad de la esclavitud moderna.
Y mientras esto sucede más de la mitad de la población del mundo se desangra en su miseria, se refugia en sus lechos de agonía para ver transitar el mundo por unos caminos que no son suyos, se dejan amamantar del miedo de la mezquindad, mientras las tetas secas de las madres hacen esfuerzos infrahumanos por lactar sus hijos con líquido amarillento. Maldita modernidad, si esto es el mundo soñado por la civilización, prefiero el atraso.
Caminaré la saturada ciudad pensando en esto, compraré algunos obsequios para mis más queridos, no vaya a ser que piensen que ya no los amo. Y miraré en los rincones de la modernidad intentando ver esos otros, a los que el mundo moderno condenó a la invisibilidad. Trataré de brindarles algo, al menos una sonrisa y cuando terminé este año, justo a la media noche , lloraré, una vez más, por la miseria de la humanidad.