LA PUERTA QUE NUNCA SE CIERRA I
Es viernes. Son las diez y treinta y cinco de la noche. Voy en un taxi oloroso a gas rumbo a urgencias del Seguro Social de Ibagué, en la “clínica del limonar” como todo el mundo conoce este sitio. Al llegar reconozco esa puerta abierta de par en par, la misma por la cual he ingresado algunas veces, casi siempre un poco temeroso por la salud de mi acompañante. Ya conozco el ritual de pasar de prisa
Espero otros minutos, aquí y en todos los lugares que atienden la salud pública la cuestión consiste en esperar, esperar. Un médico joven deja entrever su cara cuando un paciente sale y le hago señales para que lea entre líneas que el caso es de verdadera urgencia. Me hace seguir. De verdad es una urgencia, algunas veces he acudido al ISS sin tanto apremio, porque tenía una resaca o por una virosis de cambio climático. Después de resguardar el examen preliminar confirmo mis sospechas, debo pasar al lugar de tomas de muestras para varios exámenes de rutina: cuadro hemático, parcial de orina y glucosa. A mi compañera le designan una camilla, la número trece, al pie de otras dos camas ocupadas por mujeres de edad que se turnan para emitir quejidos propios de dolencias que no conozco, pero que intuyo son fuertes. Entonces miro el reloj y han transcurrido cerca de dos horas, el tiempo en los hospitales huele a límpido y transcurre lento.
Más tarde ingresa una mujer embarazada con sus retorcijones del génesis de la vida, una apuñaleado acompañado por un grupo de muchachos con pinta de reguetoneros, un señor de edad que carga una bolsa con sus despojos urinarios y mucha gente que deambula de aquí para allá, pidiendo información, solicitando atención o buscando algún perdido entre las camillas. Es la hora en que todo bulle, las enfermeras inyectan, los practicantes miran las historias clínicas y tratan de enlazar aquellos datos con los de sus tomos de medicina, ojean, analizan, formulan, se adormecen. A la madrugada todo está en silencio y muchos dolores han sido erradicados con el dopaje del acetaminofén, cada paciente posee un tentáculo por donde le ingresa suero o medicina, todos se duermen, todos están cansados y obviamente mi cabeza se bambolea en medio de la penumbra hospitalaria.
El nuevo día trae su sonata de pisadas y el cambio de turno convierte aquellos estrechos cuartos en una especie de mercado medicinal. El tropel de enfermeras y de médicos en caravana obliga a los vigilantes a sacar a los acompañantes de los enfermos, mientras se intercambian diagnósticos. Que la enferma del 5, (si, aquí los enfermos son números) pasa a cirugía, que el señor del 12 hay que darle de alta, que etc, etc. Mientras tanto salgo de nuevo y compro un tinto tan caro que por un momento me imagino en Nueva York y fumo un cigarrillo cuyo humo corta por un instante ese olor a algodones que ya se ha pegado a mi nariz. Después de una hora deambulando regreso y el vigilante del nuevo turno no me deja entrar, debo explicarle todo desde el principio hasta que accede pero dejando una amenaza flotando en el aire: Pero no se demore. De nuevo el tiempo toma un significado especial.
El día completo transcurre entre nuevos exámenes, nuevos diagnósticos, nuevos médicos, nuevas enfermeras y mu
chos enfermos. Tanto tiempo en este lugar ya me hace conocido y puedo deambular con cierta libertad en medio del mismo panorama. Narrar estos sucesos es repetir la historia. Nuevo cambio de turno y nuevos exámenes, parece que los manuales de medicina que leyeron estos médicos no contenías la sintomatología de la enfermedad que aqueja a mi compañera. Debo esperar, esperar, esperar, esperar y el sueño me dobla lentamente sobre una silla de plástico, el único lugar disponible para mí .

















